MIREN URBIETA-VEGA SE HACE CON TOSCA A LA PRIMERA
SCHERZO - 26/10/2026 - Luis Suñén

A Coruña. Palacio de la Ópera. 24-X-2026. Temporada Lírica de Amigos de la Ópera. Miren Urbieta-Vega, Ragaa Eldin, Carlos Álvarez, Javier Agudo, Valeriano Lanchas, Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Daniela Quiza y Antonio Facal. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos Coro Infantil Cantabile. Director musical: Oliver Díaz. Director de escena: Paul-Émile Fourny
Tras el descubrimiento de Jenufa, los Amigos de la Ópera de A Coruña han cerrado su brevísima temporada con la vuelta al repertorio más manido: Tosca de Puccini. La producción del Opéra-Théâtre de Metz Métropole, estrenada en 2017, resulta funcional y cómoda para el espectador a excepción de la presencia entre absurda e inútil de unos figurantes que moviéndose a ritmo de Bill Viola acompañan a los protagonistas con una intención analítica que a este crítico se le escapa. Uno ha visto ya de todo, pero esto, al menos, y sobre ser innecesario, posee la impagable ventaja de no molestar demasiado una vez que se toma la decisión de pasarlo por alto.
La escenografía es clara, definida por unos neones en los laterales del escenario y en determinados momentos se añaden unos videos de efecto igualmente discutible, así en la imagen que pinta Cavaradossi como, sobre todo, en el tercer acto, donde lo evanescente se come dos referencias importantes: el paisaje que evoca el canto del pastor y la visión de la Roma a la que hacía temblar Scarpia. Reduce igualmente el drama a su final al convertir el suicidio de la protagonista en una inmersión en un magma coloreado.
Mejorable la dirección de actores, con esa manía ya tradicional de hacer que Cavaradossi cante su “E lucevan le stelle” de rodillas no se sabe muy bien por qué. Lo mejor resultó el segundo acto, desarrollado en el despacho de un Scarpia que no necesita adornar su crueldad con demasiada pompa. ¿Podía pedirse más? Pues se supone que no demasiado dadas las circunstancias presupuestarias y el manifiesto contento general al salir a saludar el responsable de la producción.
En lo canoro el nivel fue muy estimable. La donostiarra Miren Urbieta-Vega debutaba Floria Tosca y dejó muy claro que puede ser uno de los grandes papeles de una cantante que va claramente a más. Posee la voz, el grano dramático, la densidad necesaria y la flexibilidad anímica de quien sufre de celos y es capaz de asesinar por el amor a su hombre y a la libertad.
El tenor egipcio Ragaa Eldin cumplió en “Recondita armonia” y se creció en un “Adiós a la vida” que le procuró los aplausos que se le negaron en su aria de salida. Urbieta-Vega y él mismo no acabaron de dar la intensidad necesaria a su dúo del primer acto, mientras que aquella y Scarpia sí que aprovecharon el drama que Puccini les hace compartir en ese lugar “donde sólo hay lágrimas”.
Carlos Álvarez mostró su indiscutible magisterio como tantas otras veces. Su aparición y su proclamación depredadora en el Te Deum empezaron a mostrar que es un artista de los de verdad, de esos que demuestran que lo son con sólo estar. Lástima que la potencia sonora de la orquesta, añadida a la deficiente acústica del Palacio de la Ópera, lo tapara demasiado en ese fin del acto primero. Su Scarpia es una creación que sabe incidir con inteligencia en la crueldad del personaje y hasta sus limitaciones respecto de los momentos álgidos de su carrera se convierten aquí en posibilidades de profundización en el mismo.
Párrafo aparte para dos secundarios de muy distinto origen. El colombiano Valeriano Lanchas fue un Sacristán de lujo, por físico y por voz, como si hubiera nacido para ese papel aunque sepamos que excede igualmente en otros —se va a Bogotá a hacer la Novena de Beethoven. Y mucho ojo con la jovencísima Daniela Quiza, que hizo un pastor de antología al que no ayudó ni la escenografía ni el vestuario. Esos minutos inefables que Puccini le concede en el amanecer romano son un bocado exquisito que la coruñesa supo aprovechar con excelencia. Cumplió sin apuros el resto del elenco. Muy bien los coros bajo la dirección de Fernando Briones y Pablo Carballido.
Luis Suñén
«Tosca», 22 años después, y el público soberano
LA VOZ DE GALICIA - 23/10/2026 - Hugo Álvarez Domínguez

A juzgar por las ovaciones, el auditorio disfrutó de lo lindo con la ópera, que registró un lleno absoluto en el estreno y tiene todo el papel vendido para el sábado
Miren Urbieta-Vega regresó para debutar Floria Tosca, imponiendo la calidad del timbre —cálido, redondo en el centro y desahogado en el agudo— y la franqueza de un fraseo bien calculado en un acercamiento in crescendo que le reportó un triunfo importante: cantó con gusto y clase Vissi d'arte y demostró arrojo en el complicado pasaje del tercer acto Io quella lama gli pianta nel cor, con agudo de brillo refulgente. Debut muy bien cantado - justa triunfadora en los aplausos -, mientras seguirá penetrando en la psicología del personaje con más funciones.
Junto a ella, fue Cavaradossi el tenor egipcio Raaga Eldin: impuso bello color, con cierta tendencia al engolamiento en algún pasaje —perjudicando la proyección— que restó enteros al resultado: silenciado en Recondita armonia, pero muy aplaudido en É lucevan le stelle, con su mejor momento en el expuesto La vita mi costasse, del primer acto, con agudo de cierto impacto. Carlos Álvarez mostró la cara elegante y sibilina de Scarpia —lejos de enfoques histriónicos— muy bien cantando: el fraseo es de muchos quilates, y la belleza del timbre un gustazo, aunque en momentos puntuales estuvo al límite de la barrera orquestal.
Todos los secundarios cumplieron con su cometido —Javier Agudo, Enrique Martínez, Pedro Martínez y Antonio Facal— y se debe destacar al sonoro Sacristán de Valeriano Lanchas y la sorpresa del Pastor de Daniela Quiza, que aprovechó su aparición para mostrar una voz bien proyectada y educada. El Coro Gaos y el Coro Cantabile cumplieron en sus intervenciones.
Óliver Díaz dio una lectura preciosista, de tempi variados, logrando casi siempre equilibrar el balance entre foso y escena -con lo complejo que es en esta sala- y contener la sonoridad, a veces excesiva, de una OSG de la que destacó el espléndido solo de clarinete en E lucevan le stelle.
Propuesta escénica de la Opéra-Théâtre de Metz Métropole, de 2017, montaje estático, oscuro, excesivamente minimalista y emplazado demasiado atrás —problema para la proyección de las voces—, lucirá mejor en un teatro de herradura de menores dimensiones. No renuncia a narrativa lineal, pero prescinde de la iconografía romana clásica en esta ópera. El desenlace emplea proyecciones para resolver el fusilamiento de Mario y el suicidio de Tosca, con efectos que se entienden pero no acaban de lograrse.
Lo mejor, el onírico inicio del tercer acto, en un cementerio con el pastor convertido en una suerte de bruja que rodea a las cuatro figuras mudas que, a lo largo de la función, sirven de dobles espirituales de Tosca, Cavaradossi, Scarpia y Angelotti —los cuatro personajes fallecidos—.
Esta Tosca dio a Amigos de la Ópera su mayor éxito de público de los últimos tiempos. Para bien o para mal, indicador fiable de los gustos del respetable local. Sala llena, público feliz.
Hugo Álvarez Domínguez
TOSCA DESPIDE LA ETAPA DE AQUILES MACHADO EN A CORUÑA CON UN ÉXITO HISTÓRICO
ÓPERA ACTUAL - 02/11/2026 - O.A.

Las dos funciones de la ópera de Puccini en el Palacio de la Ópera de A Coruña agotaron las localidades, con Miren Urbieta-Vega debutando en el papel protagonista y Carlos Álvarez como Scarpia. Los Amigos de la Ópera de A Coruña cerraron su temporada con un éxito histórico de público gracias a Tosca, que regresaba a la ciudad después de más de dos décadas. La producción, protagonizada por Miren Urbieta-Vega, Carlos Álvarez y Raaga Eldin, pone fin a los cinco años de Aquiles Machado al frente de la dirección artística de la asociación, que prepara ya la celebración de su 75º aniversario.
En el segundo y último título de su temporada, los Amigos de la Ópera de A Coruña lograron un hito histórico, colgando no solo un “no hay billetes” en las dos funciones de Tosca, los días 22 y 24 de octubre, sino gestionando una lista de espera casi abrumadora, ante el desorbitado interés que generó entre el público este espectáculo. Demasiados años -más de dos décadas- sin que la gran dama pucciniana se pudiera escuchar en la ciudad, y en esta ocasión lo hizo sirviendo el debut en el rol de la soprano española Miren Urbieta-Vega, que cosechó un notable éxito con su encarnación tan amorosa en el primer acto como implacable en el segundo. Ya entre la primera y la segunda función se empezó a notar cómo la intérprete iba haciendo suyo el personaje, y se intuye que será una de sus grandes caracterizaciones a lo largo de su ya consolidada carrera.
El otro gran triunfador fue el barítono Carlos Álvarez, con un retrato del malvado Scarpia lleno de sutilezas, con la elegancia y la contención como armas para configurar al barón. El público que abarrotó el Palacio de la Ópera se lo reconoció de manera muy calurosa. También se recompensó la entrega del tenor egipcio Raaga Eldin como Cavaradossi, ardoroso y punzante en un desahogado agudo, de timbre hermoso aunque algo trasero. Por supuesto encandiló el Sacristán de Valeriano Lanchas, tan simpático como comedido y, por encima de todo, bien cantado. En su presentación, gustó también mucho el Pastor de Daniela Quiza, de apellido baritonal pero talento tan propio como prometedor.
Con todo, los mayores aplausos en ambas funciones los cosechó la Orquesta Sinfónica de Galicia, que mantiene un idilio con su público. Su capacidad para reproducir los colores de la partitura pucciniana, su sonoridad y profundidad, la siguen configurando como una garantía para las temporadas líricas coruñesas. En esta ocasión, la labor de Oliver Díaz se centró en encontrar una lectura que permitiese el brillo del foso sin que ello opacara a los cantantes. Muy acertado el director español, sobre todo permitiendo a Urbieta construir su Tosca sin prisas. El Coro Gaos volvió a ofrecer la mejor de sus prestaciones.
La producción de la Ópera de Metz resultó tan funcional como válida: escasos elementos, mucho espacio vacío sobre el escenario y proyecciones como elemento contextualizador de la acción, con un sorprendente e inesperado final. Se le pudo achacar, en todo caso, algún defecto en el apartado de la iluminación, deficitario en algunas escenas. Pero por lo demás, no comprometió el resultado artístico de una Tosca con la que se pone punto y final a los cinco años de Aquiles Machado como director artístico de la asociación coruñesa. A partir del próximo 1 de enero, asumirá esta labor el periodista y critico de ÓPERA ACTUAL, José Luis Jiménez, con Hugo Álvarez como adjunto. Será una temporada especial, en la que se soplarán las velas del 75 aniversario de la actividad lírica en A Coruña, consolidándola como una de las plazas de referencia del noroeste español.
ÓA
UNA TOSCA SIN RESQUEMORES
RITMO - 02/11/2026 - Ramón García Balado

LXXIV Festival Amigos de la Ópera, de A Coruña. Puccini, Tosca. Mirem Urbieta-Vega, Raaga Eldin, Carlos Álvarez, Javier Agudo, Valeriano Lanchas, Daniela Quiza, Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Antonio Fatal. Orquesta Sinfónica de Galicia / Oliver Díaz. Coro Gaos / Fernando Briones. Coro Cantabile / Pablo Carballido. Dirección escénica / Paul-Émile Fourny. Producción Opéra-Théâtre Métropole de Metz.
Tosca de Puccini volvía esta vez tras la producción ofrecida en la temporada del año 2000, en ese mismo lugar y en la que destacaron como solistas Margarita Lister (Tosca), Francisco Casanova (Mario Cavaradossi), Joan Pons (Barón Scarpia), con la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, dirigida por Kamal Khan, en una producción del propio festival.
Para esta cita, con una producción de la Opéra del Théâtre Métropole, de Metz, contamos con Miren Urbieta-Vega (Tosca), presencia esperada de esta cantante y reconocida por su asunción del personaje, gracias a su dominio de este rol, dentro un equilibrado tratamiento de acentos intensos y su mordente expresivo en beneficio de las agilidades requeridas; Ragga Eldin (Cavaradossi), tenor con centro amplio que sugería los dominios propios de un tenor di forza, Carlos Álvarez (Scarpia), la veteranía de este cantante que siempre supo encarnar los dramatismos exigidos por repertorios veristas, repartidos entre óperas como la ofrecida, cercana si cabe a cargados de dramatismo penumbroso y Javier Agudo (Angelotti), completando los roles señeros, un bajo de rocosas aristas para encumbrar las agudas exigencias, a los que se añadían Valeriano Lanchas(Sacristán), Enrique Martínez (Spoletta), Pedro Martínez Tapia (Sciarrone), Daniela Quiza (pastor), Antonio Facal (Carcelero), junto al Coro Gaos, de Fernando Briones y el Coro Cantabile de Pablo Carballido y la OSG, dirigida por Paul Êmile Fourny, conocedor por lo seguido del enfoque otorgado a esta Tosca, y una puesta escénica de Patric Méeüs, una ambientación que se movía en tiempos del Art Déco, ciertamente intemporal, próxima al Estilo Imperio, el vestuario de Giovanna Fiorentini, entremezclados con un complemento figurativo de la Escuela de danza Druida.
Puccini tuvo conocimiento de la Tosca teatral de Victoriene Sardou a comienzos de 1889, en los Filodramáticos de Milán, en interpretación de la mítica Sara Bernhardth, que daría pie a incontables especulaciones, calando profundamente en su interés, lo que motivo la tentación de convertirla en ópera, probando a ponerse en contacto con Giulio Ricordi y con quienes serían sus libretistas Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Otra experiencia anterior sobre esta obra nos llevaría a un trabajo de Alberto Franchetti, compositor unido a esa causa tras haber realizado dos óperas de cierto éxito: Asrael y Cristoforo Colombo, quien definitivamente claudicaría y la première pucciniana se ofrecería en el Teatro Constanzi (Roma), en enero de 1900, con las voces de Hariclée Darclé y los italianos Emilio de Marchi y Eugenio Giraldoni, con dirección de Leopoldo Mugnone, con un éxito dudoso antes de recibir la consiguiente aceptación en producciones posteriores.
Luigi Illica (1857/1911), que había formado grupo con Arrigo Boito, llegó a escribir casi un centenar de libretos, cuatro para Puccini, entre los que se encuentran La Bohème, Mme Butterflfy o Tosca, mano a mano con Giuseppe Giacosa (1847/ 1906). Sardou acabaría alabando sus trabajos, gracias al tratamiento que sabría darle, con la reducción de los cinco actos a tres, logrando la unidad de un texto bien tramado y condénsalos en los acontecimientos de un solo día, luchas de conflictos sociales y amorosos. El mundo del momento no sonaba tan armónicamente como le hubiese gustado al compositor, para quien el trabajo no podía demorarse: Veo en esta Tosca una ópera que parece escrita especialmente para mí;no es excesivamente larga y es dramáticamente eficaz, permitiendo una música plena, escribió a Giulio Ricordi.
El ambiente de su Tosca, no es ni romántico ni lírico, sino apasionado, penoso y oscuro. Aquí no se trata de buenos hombres amables, sino de miserables y mezquinos personajes como Scarpia y Spoletta. Cavaradossi, el fugitivo, está enamorado de la bella Tosca, y Scarpia le hará torturar en presencia de la Diva. Puccini no dudó en reducir los cinco actos a tres. En lugar de 23, fueron reducidos a nueve los personajes. Los tres famosos: Tosca, Cavaradossi y Scarpia, entre los que culmina el drama y junto a ellos, el estudio del grotesco-cómico Mesner y el desdibujado Angelotti, al que se olvida después del Primer acto. Se afirma insistentemente que Tosca supone una aceptación secreta del verismo, un compromiso con el estilo de Cavalleria o Andrea Chénier, una concesión posible. Música teatral en grado sumo, la impresionante tragedia amorosa se desenvuelve entre los pliegues de una pompa sombría y solemne de un floreciente sonido melodioso, de pulso ardiente y fuerza diabólica. Pero junto a lo estridente y sórdido, se acompaña la belleza de una religiosidad totalmente ingenua que recorre la ópera. El antagonismo entre una acción que sobresalta el estado hipersensible, ofrece una música que se extasía entre melodías subyugantes, contando con la presencia del elemento femenino que posee, y que recuerda el lirismo de otras óperas suyas.
Tres actos, primero en la Iglesia de Sant’Andrea della Valle, que nos presenta al pintor Cavaradossi, que descubre oculto a Cesare Angelotti, cónsul de la República de Roma, perseguido por razones políticas tras evadirse de presidio, recibiendo la promesa del pintor de ayudarle, antes de aparecer Tosca, amante de Mario, y acordar ambos una cita para la noche. El anuncio de una victoria sobre Napoleón, atrae a los paisanos mientras en el templo se canta un Te Deum. Surge Scarpia, el pérfido policía que está obsesionado con Tosca. Según acto, en el despacho de Scarpia, en el Palacio Farnesio, pertenece a la tortura a la que es sometido Cavaradossi, tras su detención, siendo Tosca, forzada a presencia la amarga sesión de tortura, situación que no podrá resistir, por lo que jura salvarle, aceptando las humillantes tentaciones de Scarpia. El Tercer acto- Castillo San’t Angelo-, Cavaradossi escribe una carta de despedida a Tosca, que aparece confesándole que la anuncia ejecución será simulada, lo que les permitirá huir. Los acontecimientos se precipitan ya que el fusilamiento será real, y cuando Tosca se acerca comprende que fue engañada. La diva se acerca a Scarpia, para vengarse con el asesinato del causante de tanta desgracia, supuestamente secundado por sus esbirros, y definitivamente Tosca se arroja al foso desde lo alto del parapeto.
Scarpia, quien desencadena la mayoría de los acontecimientos, se mueve como el amo absoluto, es un despiadado perseguidor de oponentes políticos liberales, al que se describe con los peores rasgos, tanto por Sardou como por propio Puccini. Su turbia personalidad queda esbozada desde el comienzo de la ópera. Tosca, es mujer apasionada, celosa, de carácter delicado que ya descubrimos en otras óperas, una figura desmedida que reclama un auténtico papelón. Frente a ellos, Cavaradossi, una pobre víctima que su único y aparente delito, será el de querer ayudar al fugitivo Angelotti, un juguete entre el amor de ella y la perversión libidinosa de Scarpia. El tratamiento orquestal y armónico de Puccini, queda incorporado a la acción, otorgándole un tejido cromático y una indefinición tonal, que busca y logra con singular pericia.
Entre los números- Recordita armonía, del Primer acto-, un estilo de romanza, tras un breve diálogo Cavaradossi, compara la figura que aparece, que le recuerda a la marquesa Attavant, hermana de Angelotti. Un canto lánguidamente sutil con un aria que concluía en un tenso Si b. Vissi d´ arte- Segundo acto-, súplica de Tosca, sobre una actitud de reproche contra sí misma, una especie de recitativo con una línea melódica acompañada a contratiempo, un desliz que se convierte en una súplica de exclamación con un hiriente Si b agudo. E lucevan le stelle- Acto tercero- lamento desesperado del que se siente condenado cuando más le aprieta el deseo; un recitativo secundado por el clarinete que nos traslada a una época pasada, con Oh, dolci baci! mágica melodía que abre y cierra el acto, evocando en la repetición un lamento y el grito contra la propia suerte: ¡Muoio disperato! E non ho amato mai tanto la vita!, una ascensión entre sollozos. El fluir continuo se reafirma en el dúo inicial Quale occhio al mondo può star di paro- Cavaradossi suavizando los celos de Tosca, una entrega absoluta de los amantes. El Te Deum, fin del Primer acto, un apunte efectista en la voz de los presentes, con el repicar de las campanas, en oposición al canto de Scarpia. Cavaradossi aportaba en el segundo acto un detalle de lucimiento en Vittoria!, pórtico de una cabaletta que reclamaba la libertad enfrentándose a Scarpia. El preludio del Tercer acto, nos descubría al Puccini paisajista y melodista, con un fondo de campanas, destacando en el Acto el dúo de los protagonistas que cantan antes de la escena de fusilamiento, con su dúo O dolci mani, mansuete e pure, el momento fatídico o quizás el canto triunfal que entonaban esperanzados, bien secundados por la orquesta.
Ramón García Balado
TOSCA EN EL PALACIO DE LA ÓPERA DE LA CORUÑA
CODALARIO - 30/10/2026 - Aurelio M. Seco

La Coruña, 24-X-2026. Tosca, Puccini. Miren Urbieta-Vega, Ragaa Eldin, Carlos Álvarez, Jaiver Agudo, Valeriano Lanchas, Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Daniela Quiza, Antonio Facal. Dirección musical: Óliver díaz. Dirección de escena: Paul-Émile Fourny.
Volvió Tosca a la temporada de ópera de La Coruña 22 años después, puesta en manos de uno de los mejores directores de orquesta españoles, Óliver Díaz, fenomenal elemento totalizador de una función llena hasta la bandera que, con virtudes y defectos, nos dejó un buen sabor de boca. No fue la mejor Tosca que hemos visto en los últimos meses, pero sí la mejor dirigida en lo musical. La producción, de la Ópera Teatro de Metz Metropole, firmada por Paul-Émile Fourny, se debatió entre lo funcional y lo moderno, lo clásico y lo excéntrico, entrando mejor por la vista de cerca que de lejos. Se apreció el esfuerzo en el diseño de luces, que dejó bonitos efectos de claroscuro, pero en general echamos en falta ver la acción con más claridad, alejando esto un tanto el mensaje de los cantantes. Fourny introdujo algunos elementos extraños, deambulantes, que distrajeron sin necesidad más allá de la intencionalidad esotérica del director.
Ante la carencia de medios, se optó por lo tecnológico de las proyecciones, un aspecto que a veces resultó asimilable, y otras, como en la escena final de la muerte de Tosca, más que discutible. Bien es cierto que estamos ante uno de los momentos más difíciles del repertorio operístico, pero creemos que esa escena última, magistralmente puesta en música por Puccini, sobrecogedora en lo dramático, merece un resultado más convincente. La puesta en escena fue, en general, sencilla y amena, sin excesiva profundidad ni mérito.
La impresión del reparto fue desigual. Resultó admirable la forma en la que Miren Urbieta-Vega afrontó el difícil papel de la protagonista, aunque creemos que el personaje habría precisado de una soprano diferente, de mayor entidad. El aliento, la holgura lírica, la entereza vocal, dejaron cosas que desear, y esto sin menosprecio de la generosa y valiosa forma que tuvo Urbieta-Vega de cantar el papel de Floria Tosca, personaje al que se entregó con hondura y del que dejó momentos brillantes, como el famoso «Vissi d´arte», fragmento divino que la soprano cantó de forma tierna y doliente, delicada y atractiva. El pasaje se veló un poco en el agudo final, calante, como en general algunos de los sonidos más agudos emitidos por la artista.
Menos atractiva resultó la participación del tenor Ragaa Eldin, cantante que dio las notas sin que su voz terminase de salir del escenario, de mezclarse del todo con la potencia dramática de Cavaradossi, y no sólo por la discutible acústica del recinto sino por una cuestión de potencia poética. Fue por ello un Mario ténue y lírico al que le faltó presencia, fulgor, volumen, sin menosprecio de la calidad canora de Eldin, un buen tenor que podría haber brillado más en otro tipo de papel. A quien mejor se oyó sobre el escenario, prueba de que no siempre influyó igual la acústica del Palacio, fue a Valeriano Lanchas, soberbio Sacristán cuya presencia resultó siempre sonora y atrayente. Volvió Carlos Álvarez a encarnar a Scarpia agraciado con un carisma simpar sobre el escenario. Bien los coros, el Gaos y el infantil Cantabile. Carismático el Cesare Angelotti de Javier Agudo y apropiados los Spoletta, Sciarrone, Pastor y Carcelero de Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Daniela Quiza y Antonio Facal.
Ponemos en un lugar especial el trabajo de dirección musical de Óliver Díaz, maestro meticuloso que cuidó de forma exquisita a los cantantes y ofreció una lectura morfológica clara y profunda, de elocuentes detalles dramáticos, en la que cada fragmento adquiría un sentido con distincion. La versión desprendió una emotividad cálida, pulcra, expresionista, con una Sinfónica de Galicia diligente, sino vibrante.
Aurelio M. Seco
UN DRAMA LAMENTABLEMENTE ACTUAL
MUNDOCLASICO.COM - 02/11/2026 - Maruxa Baliñas

Palacio de la Ópera. Tosca, ópera en tres actos (estreno, Teatro Costanzi de Roma, enero de 1900). Música de Giacomo Puccini. Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa basado en 'La Tosca' de Victorien Sardou. Paul-Emile Fourny, dirección escénica. Patrick Méuüs, escenografía e iluminación. Giovanna Fiorentini, vestuario. Julien Soulier, diseño de vídeo. Miren Urbieta-Vega (Tosca), Raaga Eldin (Cavaradossi), Carlos Álvarez (Scarpia), Valeriano Lanchas (Sacristán), Javier Agudo (Angelotti), Enrique Martínez (Spoletta), Pedro Martínez Tapia (Sciarrone), Daniela Quiza (pastor) y Antonio Facal (carcelero). Coro Gaos (Fernando Briones, director). Coro infantil Cantabile (director, Pablo Carballido). Orquesta Sinfónica de Galicia. Director musical, Oliver Díaz. 74 Temporada Lírica de Amigos de la Ópera de A Coruña, 2026.
Debo empezar esta reseña comentando que por motivos ajenos a mi voluntad llegué demasiado tarde a la sala y el primer acto de Tosca lo escuché sólo parcialmente desde el hall de entrada del Palacio de la Ópera. En estas circunstancias, acaso lo más correcto hubiera sido renunciar a hacer la crítica del espectáculo, pero también por causas ajenas -en este caso un viaje previamente comprometido- no había podido asistir a la otra ópera representada de la programación de Amigos de la Ópera de Coruña 2026, Jenufa, y quería escribir en este caso. Nada puedo decir por tanto del 'Te Deum', ni de 'Recondita armonia', ni del Coro Infantil Cantabile, y casi nada del Coro Gaos, al que sólo escuché fugazmente en el segundo acto.
La producción de Paul-Émile Fourny, de 2017, no es muy lucida visualmente y se perdía un poco en el escenario del Palacio de la Ópera de Coruña, que a pesar de su precioso nombre se diseñó más bien como centro de congresos o multiusos y casi siempre resulta desabrido. Decoración e iluminación escasas, un vestuario sencillo, tampoco ayudaban a su atractivo. Pero Fourny tampoco cometió errores, y permitió que disfrutáramos de la historia y de la música. Lo más desconcertante, la presencia de una especie de esculturas vivientes al fondo del escenario -pintadas de gris violáceo- que aparecían y desaparecían casi sin que el público se diera cuenta. Por lo que me explicaron después, se trataba de una especie de ángeles custodios que representaban a los muertos en esta ópera -Angelotti, Scarpia, Cavaradossi, y Tosca-, y estaban en escena al tiempo que sus 'protegidos' (y pongo comillas porque como ángeles custodios fueron un fracaso, todos sus protegidos mueren).
Lograda sin duda la escena final del suicidio de Tosca, excepto por el detalle de que encajaba muy poco con el estilo de la producción que habíamos visto hasta ese momento ... y se parecía mucho a la muerte de Tosca en Las siete muertes de María Callas de Marina Abramovic, posiblemente en su versión primera, Seven Deaths (2020). Para los observadores, la producción de la Opéra-Théâtre de Metz Métropole es de 2017, por lo tanto anterior a Seven Deaths, pero en realidad, las primeras versiones de la obra de Abramovic circulaban ya varios años antes y pudieron servir de inspiración. En cualquier caso Julien Soulier, responsable del diseño videográfico, cambia el punto de vista y nos hace ver el suicidio de Tosca desde sus propios ojos, cómo cae -debía haberlo hecho más lentamente- y qué ve en su caída.
La Orquesta Sinfónica de Galicia - OSG pareció disfrutar de esta ocasión de tocar música operística y el director Oliver Díaz no siempre acertó a frenar su ímpetu -están acostumbrados a ser los protagonistas- por lo que fueron frecuentes los momentos en que tapaban a las voces. Sólo en las grandes arias de la ópera Díaz y la OSG se ciñeron a su función de acompañantes y permitieron el lucimiento pleno de Eldin y Urbieta-Vega. Pero, ¡qué bien sonaron al comienzo del tercer acto!
Maruxa Baliñas
Miren Urbieta se estrena y el Palacio de la Opera de Coruña se llena con ‘Tosca’
BECKMESSER - 29/10/2026 - H.P.

Tosca, de Giacomo Puccini. Miren Urbieta-Vega, Ragaa Eldin, Carlos Álvarez, Valeriano Lanchas, Javier Agudo, Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Daniela Quiza y Antonio Facal. Coro Gaos. Coro Cantabile. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: Paul-Émile Fourny. Escenografía: Patrick Méeüs. Producción de la Opéra-Théâtre de Metz Métropole (2017). 74ª Temporada Lírica de los Amigos de la Ópera de A Coruña. Palacio de la Ópera, A Coruña, octubre de 2026.
Veintidós años. Es lo que ha tardado Tosca en volver a la temporada de los Amigos de la Ópera de A Coruña, la asociación lírica más veterana de España. Uno se pregunta por qué una ciudad de tanta tradición deja dormir tanto tiempo el título que, con Bohème y Traviata, sostiene medio repertorio del planeta. Quizá porque Tosca no perdona. Pide tres voces de verdad, una orquesta capaz de rugir y de susurrar en el mismo compás y un público que no se conforme con el melodrama. Lo del público estaba garantizado: llenos el jueves y el sábado y unas ovaciones que no se recordaban en mucho tiempo en estas funciones. Lo demás, con matices, también llegó.
Empiezo por quien más me interesaba. Miren Urbieta-Vega afrontaba su primera Floria, y yo llegaba con la cautela de quien la ha seguido desde sus tiempos de lírica ligera. Ya escribí antes de la función que Leonora había sido un paso notable y que Tosca iba más allá. Pues bien, la donostiarra ha dado ese paso con firmeza.
El instrumento tiene hoy carne en la zona media y libertad arriba, y el canto está pensado, sin una frase dejada al azar. Fue de menos a más, como corresponde a un personaje que arranca en la coquetería y termina en el abismo. Dijo «Vissi d’arte» con elegancia y sin lágrima fácil. En el tercer acto, cuando Floria cuenta cómo hundió el cuchillo en Scarpia, lanzó uno de esos agudos que iluminan la sala. No es todavía una Tosca rotunda, porque nadie lo es la primera vez, y el retrato psicológico irá asentándose con las funciones. Pero cuando un debut deja ganas de oír el siguiente, ha cumplido. Fue, con toda razón, la más aplaudida de la noche.
Ragaa Eldin, tenor egipcio que se presentaba en España, posee un color hermoso, aunque cierta tendencia a retrasar la emisión le resta proyección en algunos pasajes. «Recondita armonia» pasó sin que el público se diera por aludido, y al dúo del primer acto le faltó fuego. Curiosamente, su mejor momento llegó en ese mismo acto, cuando Mario jura esconder a Angelotti aunque le cueste la vida, con un agudo de cierta pegada. En «E lucevan le stelle» encontró por fin la ovación, con ayuda del clarinete. No le favoreció la dirección de actores: cantar el aria de rodillas no ayuda ni al fiato ni a la emoción.
Y llegamos a Carlos Álvarez. Ya Sabemos que la voz no es la de hace veinte años, cuando su Rodrigo o su Yago nos dejaban clavados en la butaca. Pero hay artistas que saben hacer de la carencia virtud, y el malagueño es uno de ellos. Su barón no grita ni gesticula. Seduce, calcula y hiere con guante blanco. El fraseo sigue siendo de orfebre y el timbre conserva su nobleza. Al cierre del primer acto, en pleno Te Deum, la orquesta y la acústica de la sala se lo tragaron en parte. Es una pena, porque ahí se retrata el personaje. En el segundo acto, en cambio, fue amo y señor. Ahí está la escuela.
H.P.
Tosca regresa a A Coruña: grandes voces para una escena sin brillo
BACHTRACK - 28/10/2026 - Pablo Sánchez Quinteiro

Tras más de veinte años de ausencia, Tosca regresaba a la temporada lírica de A Coruña despertando una considerable expectación. Sin embargo, el resultado artístico dejó sensaciones encontradas: un reparto vocal de indudable interés se vio condicionado por una puesta en escena incapaz de transmitir la intensidad dramática de una de las grandes cimas operísticas de Puccini.
La producción, concebida originalmente por Paul-Émile Fourny y repuesta por Rudolf Buchmann, apostó por una austeridad escénica que, en la representación coruñesa, terminó resultando más pobre que minimalista. El vestuario y el escaso atrezo respetaban la ambientación histórica, pero la iluminación, uniformemente sombría, apenas permitía dar vida a los espacios donde transcurre la acción. Ni la iglesia de Sant'Andrea della Valle ni el Castel Sant'Angelo adquirían una identidad reconocible. La penumbra, lejos de intensificar el drama, dificultaba incluso su seguimiento, muy especialmente en el tenebrosamente recreado comienzo del tercer acto. Tampoco resultaron convincentes las proyecciones realizadas sobre el fondo del escenario, las cuales, por añadidura, eran invisibles para las localidades laterales del Palacio de la Ópera. Este hecho devino especialmente doloroso en el desenlace de la obra, en el que un recurso destinado a clarificar la acción fue excluido para una parte relevante del público, entre la que este crítico se contaba.
De Miren Urbieta-Vega recordamos su excelente Mimì de La bohème en este mismo escenario, desbordando naturalidad expresiva y capacidad de conmover. En Tosca, Urbieta debutaba el exigente papel protagonista con una interpretación vocalmente impecable, aunque todavía muy alejada de la exuberancia y la convicción dramática que demanda Floria Tosca. Estamos ante un personaje de temperamento apasionado y profundamente teatral que requiere una rica paleta de colores, flexibilidad expresiva y sobre todo, la capacidad de transitar del lirismo más íntimo a la pasión desbordada. Algo que en esta ocasión no terminó de materializarse. El tenor egipcio Raaga Eldin ofreció un Cavaradossi convincente, con un timbre de carácter heroico particularmente adecuado al personaje y una apreciable desenvoltura escénica. Sin embargo, su recóndita ubicación en el escenario durante el “Recondita armonia” restó presencia y proyección a una de sus principales oportunidades de lucimiento, evidenciando nuevamente las limitaciones de la dirección escénica.
Uno de los grandes valores de la noche fue Carlos Álvarez, cuyo Scarpia se sustentó en una evidente autoridad escénica, y una experiencia e inteligencia musical extraordinarias. Aunque el paso del tiempo haya restado algo del esplendor vocal que caracterizó sus mejores años, permanecen intactos su dominio del fraseo, su expresividad y esa capacidad excepcional para conferir personalidad a cada intervención. A ello se suman unas tablas envidiables, evidentes en su manera de proyectar la voz, orientando siempre la emisión hacia la sala y aprovechando con inteligencia sus recursos vocales. Fue, sin duda, la caracterización más lograda de la representación. Mención adicional para la joven promesa local Daniela Quiza, que asumió el breve papel del pastorcillo al comienzo del tercer acto. Su voz fresca y su espontánea naturalidad aportaron un instante de genuina belleza a una escena envuelta en una atmósfera particularmente funesta. Le acompañaron los mismos figurantes que a lo largo de toda la velada desfilaron por el escenario de forma estéril.
Oliver Díaz dirigió la Orquesta Sinfónica de Galicia con lucidez, extrayendo lo máximo de una orquesta que aportó intensidad, color y perfección a la exuberante orquestación pucciniana, mientras que los coros Gaos y Cantabile, dirigidos por Fernando Briones y Pablo Carballido, mostraron una destacable implicación en sus intervenciones, contribuyendo a la solidez musical del espectáculo.
La entusiasta acogida confirmó el atractivo que sigue ejerciendo el gran repertorio operístico en A Coruña. Sin embargo, tras una ausencia tan prolongada, habría sido deseable una producción capaz de revelar toda la fuerza teatral de Tosca. Hubo voces de categoría, pero faltó una escena a la altura de Puccini.
Pablo Sánchez Quinteiro
