Carlos Saura: «Somos un pueblo bronco y nunca se sabe qué puede pasar»

Carlos Saura confiesa «arrepentirse de todo» pero solo «si viviera otra vez». De la vida disfrutada hace ahora balance para ABC Cultural en una conversación sobre su trayectoria cinematográfica, llena de proyectos para un futuro inminente

Carlos Saura (en el centro) durante los ensayos de «Don Giovanni» en el Teatro Colón de La Coruña. Lo acompañan el director de orquesta Miguel Ángel Gómez Martínez (de pie) y César Wonenburger, director artístico de Amigos de la Ópera de La Coruña
Carlos Saura (en el centro) durante los ensayos de «Don Giovanni» en el Teatro Colón de La Coruña. Lo acompañan el director de orquesta Miguel Ángel Gómez Martínez (de pie) y César Wonenburger, director artístico de Amigos de la Ópera de La Coruña – IAGO LÓPEZ

Por este orden, lo que apabulla de Carlos Saura (Huesca, 1932) es su lucidez, su sinceridad y su sentido del humor. Cabría la tentación de mencionar su memoria, pero esa él mismo asegura que «me falló siempre». Es uno de los directores españoles de cine más laureados en el extranjero, con dos Osos de Plata y otro de Oro en Berlín, un Gran Premio del Jurado de Cannes y dos Goya, que confiesa tener «tirados por casa», con los usos más variopintos. La gloria no nubla su humildad, sin rastro de vanidad. «Yo no soy mito de nada ni me interesa ser mito de nadie», zanja este director que admite haber hecho lo que le ha venido en gana «desde pequeñito». Fue fotógrafo (con portada de ABC incluida), quiso ser ingeniero y acabó en el cine «por un proceso lógico».

Saura rehúye las lecturas sesudas sobre su cine. Todo es más fácil de lo que parece, sin resabios intelectuales. Su primer gran éxito internacional, «La Caza» (1966) nace «porque cazando con un amigo estuve en un escenario donde había unas cuevas de la guerra y agujeros de conejo». No se olvida del crítico que, tras el primer pase de la cinta, «me dijo que la película era una mierda». El Oso de Plata en Berlín mudó las malas opiniones por encendidos halagos. «Me ha pasado con varias películas».

«Ya no hay productores como los de antes; ahora son financieros que eligen qué peliculas quieren si hay beneficio inmediato»

Cree que, a pesar del medio siglo transcurrido, España todavía puede verse reflejada en «La Caza». «Es una metáfora de la Guerra Civil. Somos un país bronco y nunca se sabe lo que puede pasar. Me da mucho miedo. Me aterra que pueda haber otro enfrentamiento, aunque sea de otra manera, entre ideologías o religiones».

Su siguiente «Peppermint Frappé» inaugura su cine más personal, su particular «mundo de la imaginación», donde la realidad y los recuerdos se deturpan intencionadamente. Aquí hace coincidir a un galán del cine de la posguerra como Alfredo Mayo con, probablemente, uno de nuestros mejores actores de todos los tiempos, José Luis López Vázquez. «El triunfador y el otro al que le van las cosas regular, es un contraste que me gustaba mucho».

Para Mayo, solo generosas palabras. «Yo sabía que había hecho “Raza”, ¿y qué? Era una persona encantadora y muy culta», que se volcó con la anterior «La Caza» desde su germen «y llevó el guion a todas partes para ver si conseguía fondos, pero solo pudimos hacerla gracias a Elías Querejeta». ¿Y López Vázquez? «Tengo la teoría de que esos actores que habían pasado por tantas cosas, con bolos de teatro de aquí para allá, como López Vázquez o Fernán Gómez, eran maravillosos, porque estaban acostumbrados a cualquier cosa y les excitaban los desafíos nuevos».

Palabra de Chaplin

Rafaela Aparicio, «que era una mujer muy inteligente», se refería a López Vázquez como «el negrito», y «siempre decía que era el mejor actor de España». Chaplin, que fue su suegro mientras duró su relación con su hija Geraldine, no ahorró elogios para el intérprete por su actuación en «Peppermint Frappé». «Me mandó un telegrama diciendo que era una película genial y que el actor era uno de los más grandes que había conocido». Las puertas de la casa de Vevey, donde residía el viejo Charlot, siempre estuvieron abiertas, por más que la prensa del corazón francesa publicara que Geraldine se relacionaba «con un playboy español». «¡Aquello me encantó, era mi sueño!», bromea jocundo Saura.

«Chaplin me dijo que José Luis López Vázquez era uno de los mejores actores que jamás había visto en una película»

Chaplin dejó de hacer el cine que quería porque su público, al que había entusiasmado disfrazado del vagabundo, lo dejó a él. «Yo le decía que “Monsieur Verdoux” era una película preciosa que podría haber filmado Buñuel, y él me respondía que no podía seguir por ahí porque le había costado salir de EE.UU.». ¿No preocupa a un director que su público le abandone? «Me pasó por la cabeza en algún momento, cuando se le dijo a la gente que el cine de autor era una tontería, y que había que volver a hacer películas bonitas. ¿Pero qué es el cine de autor sino el cine que hace un señor? No tenía más importancia».

Querejeta y Azcona

Se suceden «Stress-es tres-tres» (1968), «El jardín de las delicia»s (1970), «Ana y los lobos» (1973), «La prima Angélica» (1974), «Cría cuervos» (1976), «Elisa, vida mía» (1977) o «Mamá cumple cien años» (1979). Una constante: Querejeta. «Si no es por él, yo nunca hubiera hecho ninguna película, él las defendía todas», admite. «Yo nunca he sabido nada de producción, y lo que hiciera Elías para conseguir dinero me resultó siempre un misterio». Hoy, afirma, «no hay productores» sino «financieros, que eligen qué películas quieren si ven que hay una ventaja económica inmediata». Los de antaño, los Querejeta, Emiliano Piedra o Andrés Vicente Gómez «eran como jugadores de póker, que se arriesgaban. Eran atrevidos, aventureros. Si hoy sigue existiendo este tipo de productores yo desde luego no sé dónde están».

«No me parece que el cine tenga que hacer pensar o adoctrinar. Tiene que entretener, aunque hay maneras»

Otro común denominador de los setenta: Rafael Azcona. «Era un tipo muy creativo, muy interesante, experto en el costumbrismo madrileño», pero con un pequeño inconveniente: «era más marcoferreriano que sauriano, y había cosas mías que no le gustaban nada, como los cambios de tiempo y personaje» de películas como «Cría cuervos». «No todo fue maravilloso con él, tuvimos alguna trifulca porque me decía que yo siempre estaba igual». ¿No era ese el sello Saura? «No lo sé, simplemente era el cine que a mí me gustaba hacer».

Guerra Civil y pasado

El cine de la Transición fue el más político y el más socialmente crítico de nuestra historia, con cintas como «El diputado», «Flor de Otoño» o la propia «La prima Angélica». Saura no cree que la corrección política de nuestros días sea una nueva censura. «Quienes dicen que nunca hemos sido menos libres es que no vivieron el Franquismo», reprocha, «yo recuerdo estar en la Castellana, que todo el mundo cantara el “Cara al Sol” mientras yo miraba y caerme una hostia de un desconocido por no hacerlo yo también». España, constata, «ha cambiado mucho para bien. Cualquier persona que viviera en los 40 o los 50 debe reconocer que este es un país fantástico, que habrá problemas y los habrá siempre, pero la España actual es europea».

El pasado. En un diálogo de «La prima Angélica», el personaje de Fernando Delgado se pregunta «quién se acuerda hoy de la Guerra Civil, ¡si han pasado treinta años!». Ochenta después, la historia se desentierra. «No sé si es bueno o malo, la verdad. Los que vivimos la Guerra sí la recordamos, pero no tenemos derecho a írsela imponiendo a todo el mundo. Lo que hace falta es que no haya otra. Es un pasado deliberadamente olvidado, y puede haber personas que quieran recordar a sus muertos. Es muy respetable, aunque yo soy más de pensar que cuando una persona se muere no hay más».

«No soy mito de nada ni me interesa ser mito de nadie»

¿Nos hemos reconciliado con nuestro pasado? «En gran parte sí, pero existe el temor de que vuelvan otra vez los mismos instintos que provocaron la Guerra Civil. Somos un país que va de un extremo a otro. Somos un país bárbaro, aunque defiendo esa barbarie porque nos da una especie de fuerza vital que a lo mejor otros no tienen».

La taquilla

Carlos Saura descorcha los ochenta con «Deprisa, deprisa» (1981), de nuevo triunfadora en Berlín. Cine quinqui con actores no profesionales. «Había un crítico llamado Sempronio que ponía tibios a estos delincuentes, diciendo que eran unos bestias, y me generó curiosidad». Los conoció, les adaptó un guion y conoció a Berta Socuéllamos, la belleza triste que inunda la película. «Mi cine era imaginativo, pero de vez en cuando me gustaba bajar y pisar la tierra. Estos eran chicos que reaccionaban contra una sociedad que era bastante dura. Preferían destruirse a entrar en el juego de la vida adulta».

En taquilla funcionó relativamente bien, aunque Saura no se ha peleado «nunca» con la recaudación. «Igual la economía de mis películas debió interesarme más, pero me decanté por otras cosas». ¿Olvidamos aquel cine porque muestra en nuestro espejo de hoy una España que nos resulta fea? «La vida da muchas vueltas. Ahora quizás interese olvidar todo aquello y en unos años se vuelve a poner de moda».

«Bodas de Sangre» (1981), «Carmen« (1983) y «El Amor Brujo» (1986). Llega Antonio Gades. «Yo quería darle al flamenco una dimensión diferente y me hubiera gustado que Antonio hubiera sido aún más valiente y audaz bailando», asevera, «era un encanto de persona, con un talento enorme y una presencia fantástica. Pudo haber sido nuestro Bob Fosse». En su opinión, «se podría realizar una película sobre Gades, que murió demasiado joven, antes de tiempo».

Uno de los mayores fracasos en taquilla de Saura fue «El Dorado» (1987), su recreación de la odisea de Lope de Aguirre, un título con su particular leyenda negra. «Fue culpa de Andrés Vicente Gómez por decir que era la película más cara de la historia del cine español. ¿A quién se le ocurre? Eso es lo peor que se puede decir en España. Y eso fue totalmente en contra de la película». Vista hoy, la revisión resiste la crítica. «Creo que ha envejecido bien, a mí me gusta mucho. Hace poco la vi en Bulgaria, con una copia espantosa, y me pareció estupenda, como si no la hubiera hecho yo».

Saura no teme comparaciones. «La película de Herzog ["Aguirre o la cólera de Dios"] es muy bonita, pero todo es mentira», por el contrario «la mía era muy exacta con el personaje de Aguirre», una figura «que me atrajo siempre, era fascinante ver al hombre que fue capaz de independizarse de Felipe II en una época en la que aquello te costaba la vida».

Entresale de la producción de Saura «La noche oscura» (1989), una pieza extraña por lo místico en un director tan poco amigo de esa Iglesia que sigue viendo «tan prepotente» aunque esté «momentáneamente apaciguada». Juan Diego encarna a San Juan de la Cruz en una cinta sobre su tormento íntimo. «Siempre me fascinó su figura, ese juego entre la mística y la sensualidad, la confusión entre la trascendencia con la vida cotidiana me parecía una idea preciosa». Sintió alivio cuando una convención de sanjuanistas la vio y la aplaudió. «Me dijeron que era una versión perfecta de San Juan, pero laica, y seguramente no les faltó razón».

«De lo vivido uno no se puede arrepentir, el problema es siempre el futuro»

Del abismo de la mala prensa al aplauso generalizado de «¡Ay, Carmela!», que arrasó en los Goya de 1991 -se llevó trece cabezones-. «Para que luego digan que las películas de la Guerra Civil no gustan». De nuevo, la reinvención de un cómico como Andrés Pajares que procedía de un cine desprestigiado como el del «destape». «Hubo una cosa misteriosa entre Carmen Maura y él, una simbosis artística que yo pocas veces he visto en el cine».

Se va apurando la conversación y aparece en escena Vittorio Storaro. «Encontrarnos fue una maravilla, porque ilumina de cine y es muy rápido. Me entiende enseguida, pero es costoso y no siempre puedo contratarle». La sublimación de su relación artística «fue “Goya en Burdeos”, sin duda, pero también “Tango”».

¿Dónde ponerle punto y final a una hora de charla con Carlos Saura? Casi por el principio, por quién es y qué ha hecho a lo largo de su vida. «Me arrepiento de todo, si acaso fuera a vivir otra vez. Pero como eso no va a suceder… De lo vivido uno no se puede arrepentir, el problema es siempre el futuro, porque el ser humano siempre se equivoca en su predicción». Palabra de Saura.

FUENTE:https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-carlos-saura-somos-pueblo-bronco-y-nunca-sabe-puede-pasar-201909080207_noticia.html

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